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Espiritualidad

Consagración al Corazón Inmaculado de María

Vivimos ahora tiempos difíciles, inseguros y dolorosos. Hoy el dragón rojo domina en el mundo y ha logrado edificar una civilización atea. El hombre, agigantado por el progreso técnico y científico, se ha puesto en el lugar de Dios y se ha construido una nueva civilización de tipo secular. Este rechazo radical de Dios es un verdadero castigo para la sociedad actual.

Siendo Dios el Salvador y Jesucristo el único Redentor del hombre, la humanidad sólo puede salvarse hoy con la condición de volver al Señor. De lo contrario, corre el peligro de destruirse con sus propias manos. Pero ¿cómo puede ser salvada, si sigue obstinada en rechazar a Dios, el único que puede llevarla a la salvación?. Aquí entra precisamente la función de María con motivo de su maternidad. María es la Madre de Jesús y ha sido constituida por Jesús, verdadera Madre de todos los hombres. Por tanto, María es Madre también de los hombres de hoy, de esta humanidad rebelde, y tan apartada de Dios. Su obligación maternal es salvarla. Y la Virgen, para salvarla, quiere hacerse Ella misma camino para su retorno al Señor. Ella actúa de todas las maneras y no se da punto de reposo en su afán de lograr este retorno. Y esta es la razón de sus frecuentes manifestaciones extraordinarias, que hoy son tan numerosas: quieren hacernos comprender que nuestra Madre celestial está presente y que actúa en medio de sus hijos. Ella desea actuar personalmente pero no directamente. Y puede hacerlo a través de los hijos que se consagran a su Corazón Inmaculado y se confían totalmente a Ella, de modo que Ella misma pueda vivir y manifestarse en ellos. Pero ante todo, quiere obrar a través de los Sacerdotes, porque ellos son sus hijos predilectos.

Es típico de la espiritualidad del M.S.M. no formular la doctrina de la consagración, ya conocida en la Iglesia, sino exhortarnos a experimentarla en la vida de cada día. Por esto, traza un itinerario que lleva a la perfección de la confianza en la Virgen y se desarrolla en cuatro etapas sucesivas : habituarse a vivir con María; dejarse transformar interiormente por Ella; entrar con Ella en comunión de corazones; finalmente, revivir a María. Entonces la meta a la cual conduce el camino de la consagración, exigida como primer requisito para pertenecer al M.S.M., es ésta: dejar que María viva y obre en nosotros. "Quiero amar con vuestro corazón, mirar con vuestros ojos, consolar y animar con vuestros labios, ayudar con vuestras manos, caminar con vuestros pies, seguir con vuestras huellas ensangrentadas y sufrir con vuestro cuerpo crucificado", (1 julio, 1981). Ahora se comprende porque la Virgen pide la consagración al Corazón Inmaculado a los que quieran pertenecer a su ejército. Ella misma quiere vivir y obrar en sus hijos consagrados, de modo que lleguen a ser expresión de su dolor y de su amor maternal, y trabajen sin descanso para reconducir todos los hombres a Dios.

Así la humanidad de hoy podrá llegar a la salvación por el camino del amor maternal de María que se hace el canal a través del cual puede llegar a todos el amor misericordioso de Jesús. La consagración al Corazón Inmaculado de María está ordenada, en último término, a la consagración del mundo, o sea, al pleno retorno del mundo a la perfecta glorificación del Señor.
Así se comprende por qué el Papa Juan Pablo II, en el acto de consagración o entrega al Corazón Inmaculado de María, ve el medio más eficaz para obtener el don de la Divina Misericordia sobre la Iglesia y sobre toda la Humanidad (Dives in Misericordia, 15). Y se ilumina con profundo significado el gesto, criticado, a menudo por algunos, que el Juan Pablo II repitía, muchas veces, con fervor e íntima alegría del alma, de su personal consagración a María. Así se explica lo que hizo en todas partes del mundo, con ocasión de sus frecuentes peregrinaciones apostólicas cuando visitaba los Santuarios más célebres, para consagrar al Corazón Inmaculado las iglesias locales en las cuales se encuentraba. La razón profunda es que en la consagración al Corazón Inmaculado de María, Juan Pablo II veía el medio más poderoso para obtener sobre el mundo contemporáneo el don precioso del amor misericordioso de Jesús. "...Oh, cuán profundamente sentimos la necesidad de consagración para la humanidad y para el mundo: para el mundo contemporáneo!... ¡Oh, cuanto mal nos hace, por tanto, todo lo que, en la Iglesia y en cada uno de nosotros, se opone a la santidad y a la consagración !... Sean benditas todas aquellas almas que obedecen a la llamada del eterno Amor. Sean benditos aquellos que, día tras día, con inagotable generosidad, acogen tu invitación, oh Madre, a hacer lo que dice tu Jesús, y dan a la Iglesia y al mundo un sereno testimonio de vida inspirada en el Evangelio", (Consagración al Corazón Inmaculado de María , de Juan Pablo II, hecha el 13 de mayo de 1982 en Fátima).