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El Espíritu Santo y el Corazón Inmaculado de María (2ª parte)

Francis Geremia. Año 2011     

La íntima unión entre el Corazón Inmaculado, Jesús y nosotros, a través del Espíritu Santo

 Monfort dice: “Jesús es en todas partes y siempre es  el fruto y el Hijo de Maria, y Maria es en todas partes el árbol verdadero del fruto de la vida y la verdadera Madre que lo produce” (TD,44).

Maria está presente en nosotros para hacer que vivamos en Jesús, justo como Ella vive en Él por la acción del Espíritu Santo. Por nuestro Bautismo el Hijo viene a vivir en cada uno de nosotros, justo como Él hizo su morada en Maria en la Encarnación.

“Él Hijo encuentra aquí el lugar de su morada habitual. Mi Corazón ha sido la casa donde el Verbo se ha formado en su vida humana; ha sido también el refugio en el que Jesús se recogió buscando ayuda y consuelo.

Aquí introdujo también a sus primeros discípulos para que se fortalecieran y recibieran la impronta de su mismo ser. En este jardín crecieron, poco a poco, según su divino designio: haciéndose más humildes, más puros, más generosos y más fuertes. 

Aquí recibieron un cultivo esmerado hasta lograr cada uno la identificación con Jesús, tan querida por Él Mismo.

Ha sido también el altar, en el que se ha inmolado Mí Hijo; el cáliz que ha recogido su sangre, que se ha abierto al gemido de sus heridas y al gran don de su Corazón agonizante.

Él quiso que este jardín fuese también vuestro: por esto os ha dado a su propia Madre”. (29 de Julio de 1977).

Aún hoy, cada día, podemos experimentar el gozo de vivir en Jesús y en Maria, gracias a la asistencia maternal de Maria y de la acción del Espíritu Santo que actúa en los que creemos.

“Justo como hay secretos de naturaleza, nos explica St. Louis Grignion de Montfort,  hay también secretos de gracia.... Este “secreto” consiste en unirnos nosotros mismos a Maria porque Ella y Su Hijo están siempre unidos”. (TD, 247).

St. Maximilian Kolbe dice: “Nosotros recibimos todas las cosas de Dios Padre, El Hijo y El Espíritu Santo en la Inmaculada. Este es el único camino de seguir todas las gracias. Por experiencia sabemos que las almas que se consagran totalmente e ilimitadamente a la Inmaculada tienen un mejor conocimiento de Jesús y de  los misterios divinos. Por eso, Nuestra Señora puede guiar las almas a Jesús solamente”.

La acción purificadora del Espíritu Santo a través del Corazón Inmaculado en nosotros

En el Mensaje del 26 de Diciembre de 1974 leemos:

“San Esteban era verdaderamente un niño.

¡De que candor se iluminaba su alma, de que pureza su fe inamovible en mi Hijo, de que fuerza toda su persona!....

Yo sabía que debía ser el primero en morir, después de mi Hijo Jesús. Y con cuanta ternura lo confortaba para que se hiciera fuerte, cada vez más fuerte....

También tú eres Stefano, llamado a ser Corona: la corona de mi Corazón Inmaculado y Dolorido.

Como en Él, así también derramo en ti la plenitud de amor de mi Hijo de tal modo que ninguno podrá resistir a la gracia y al Espíritu Santo que te impulsará ; cual pequeña pluma, sobre la ola de la plenitud de su amor.

Los Sacerdotes de mi Movimiento serán cada uno esta Corona de amor por Mí. Corona de lirios, de rosas, de ciclámenes son todos estos mis pequeños hijos, pero nadie podrá resistir a la fuerza del Espíritu, que Yo obtendré para ellos. (26 de Diciembre de 1974). 

Si estamos fuertemente unidos a nuestra Madre Inmaculada, Ella también  actúa en nosotros progresivamente a vivir con Cristo, para vernos libres de nuestros pecados. 

“Pero sobre todo, don de mi Corazón Inmaculado será el nuevo Pentecostés.

Como en el Cenáculo de Jerusalén, los Apóstoles, reunidos en oración Conmigo, prepararon el momento del primer Pentecostés, así en el Cenáculo de mi Corazón Inmaculado ( y por tanto en los cenáculos donde os reunís en oración), apóstoles de estos últimos tiempos, con Vuestra Madre Celeste, podéis obtener una nueva efusión del Espíritu Santo.

Será el Espíritu de Amor, con su potente acción de fuego y de gracia, quien renovará desde sus cimientos todo el Mundo.

Será Él, el Espíritu de Amor, con su gran fuerza de santidad y de luz, quien llevará a mi Iglesia a un nuevo esplendor, a volverla por tanto humilde y pobre, evangélica y casta, misericordiosa y santa.

Será el Espíritu de Amor, a través del fuego de innumerables sufrimientos, quien renovará todo lo creado, para que retorne aquel jardín de Dios, nuevo Paraíso terrenal, en el que Jesús estará siempre con vosotros, como un Sol de luz que irradiará por doquier sus rayos”. (28 de Enero de 1984).

“Descenderá nuevo fuego del cielo y purificará toda la humanidad que se ha vuelto pagana.

Será como un juicio en pequeño y cada uno se verá a sí mismo en la luz de la Verdad misma de Dios.

Así los pecadores volverán a la gracia y al santidad; los descarriados al camino del bien; los alejados a la casa del Padre; los enfermos a la completa curación; los soberbios, los impuros, los colaboradores malvados de Satanás, serán para siempre vencidos y condenados”. (22 de Mayo de 1994).

El Espíritu Santo tiene la misión de formar vuestros corazones en la perfección del amor y así quema en vosotros toda forma de egoísmo y os purifica con el crisol de innumerables sufrimientos.

El Espíritu Santo tiene la misión de llevar a la Iglesia a su mayor esplendor, para que de este modo llegue a ser toda hermosa, sin manchas y sin arrugas, a imitación de su Madre Celeste, y para que pueda así difundir la Luz de Cristo en todas las naciones de la tierra.

El Espíritu Santo tiene la misión de transformar toda la humanidad y de renovar la faz de la tierra, para que llegue a ser un nuevo Paraíso terrestre, en el cual Dios será gozado, amado y glorificado por todos”. (3 de Junio de 1990).

La acción Santificadora del Corazón Inmaculado en nosotros

“En estos días, a vosotros y a todos mis hijos predilectos, os quiero introducir en el refugio de mi Corazón Inmaculado para dar a vuestro corazón de hijos las mismas dimensiones del mío y así transformaros en una imagen más perfecta de vuestra Madre.

Ha llegado el tiempo en que todos debéis vivir sin dudas ni reservas la consagración que me habéis hecho.

Por eso quiero poner en el lugar de vuestros pequeños corazones repletos de pecados, mi Corazón Inmaculado, para daros mi misma capacidad de amar y de este modo transformar la vida de cada uno de vosotros.

Finalmente, os he querido aquí para daros a todos mi espíritu, para que Yo pueda de verdad vivir y obrar en vosotros. Porque ha llegado el momento en que quiero manifestarme a toda la Iglesia, a través de vosotros, ya que han llegado los tiempos del triunfo de mi Corazón Inmaculado”. (1 al 7 de Julio de 1979).

El Espíritu Santo es el autor de toda santificación. Y Maria, su Esposa y su Templo, realiza con Él  la misión que pertenece a cada madre; la misión de conceder a sus hijos de crecer en edad y gracia, a la gloria de Dios. Es Ella que maternalmente cuida de hacer de cada hijo de Ella un santo.

Cada alma debería ser capaz de decir junto con San Pablo: “No soy yo quien vive, es Cristo que vive en mí”. Es la labor de Maria de darnos este plan a cada uno de nosotros. Esta es su misión.   

“Habéis venido aquí arriba y Yo he visto, uno por uno, vuestros corazones: están consumidos por tanta aridez, cerrados en sí mismos y endurecidos por las pruebas que estáis viviendo.

Entonces como Madre, me he acercado a cada uno de vosotros, he tomado vuestro corazón en mis manos, lo he puesto en el horno ardiente de mi Corazón de Madre y lo he introducido en la profundidad del Corazón Divino de mi Hijo Jesús....

Aquí dentro, como oro en el crisol, vuestros corazones son continuamente transformados por la llama de una ardiente caridad y entonces os hacéis cada día más dóciles, humildes, mansos, misericordiosos, buenos, pequeños, puros”.(4 de Julio de 1986).

Tan pronto Maria tiene un alma a su disposición, Ella primero, lo vacía de todo lo que es terreno; luego le añade sus virtudes, sus emociones, su propio espíritu y su vida. A Ella sólo le es posible de conceder este trabajo en almas que están consagradas a su Corazón Inmaculado.

De Cloriviére escribió: “La Devoción a nuestra Señora, la Esposa del Espíritu Santo,  es fundamental en la Cristiandad. Sin esto no podemos poseer el Espíritu y las emociones de Jesús, excepto de una manera imperfecta”.

El Venerable Van Chaminade dijo:  Maria puede llevar en su seno solo a Jesucristo o la vida de Jesucristo. Con inconcebible amor Maria lleva siempre a sus pequeños hijos en su seno, hasta que nos tenga formados en los primeros rasgos de su Hijo.  Ella nos lleva a nosotros como lo hizo con Él. Y nos repite incesantemente las hermosas palabras de San Pablo: “Mis queridos hijos, Yo estoy otra vez con los dolores del parto, hasta que Cristo esté  formado en ti”.

El Espíritu Santo y Maria, Madre de la Iglesia

“El Vicario de Mi Hijo ha presentado este momento de lucha decisiva y me ha proclamado solemnemente Madre de la Iglesia.

Y como soy verdadera Madre de Jesús, también soy verdadera Madre de la Iglesia que es su Cuerpo Místico. Y, como Madre, miro hoy a esta Hija mía con preocupación, con un dolor que va en aumento día a día”. (15 de Enero de 1977).

En su Maternidad Maria es la figura, el modelo perfecto de la Iglesia.

Los primeros Padres de la Iglesia decían que la Iglesia nos trae a Cristo para hacernos Cristianos. 

San Ambrosio decía:  “Cada alma que cree – esta alma concibe y da a luz la Palabra de Dios y reconoce su obra”.

Maria es la Madre de la Iglesia no solamente porque dio a luz a Jesús, pero porque Ella cree en la Palabra de Dios. San Agustín  dijo: “Ella concibió a Cristo primero en Su Corazón antes de que concibiera a Él en su seno”.

Y Juan Pablo II: “Maria es la Madre de la Iglesia por la inefable elección del Padre Eterno,  y la acción especial del Espíritu de Amor, Ella le dio la vida humana al Hijo de Dios. Su Hijo extendió explícitamente la Maternidad de Su Madre de una manera que pudiera ser fácilmente comprendida por cada alma y cada corazón  designando, cuando Él estaba levantado sobre la Cruz, al discípulo amado como Su Hijo...”.

“El fruto de mi corredención es mi maternidad espiritual.

Al pie de la Cruz, por voluntad de mi Hijo Jesús, en la cuna de un sufrimiento tan grande, Yo llegué a ser vuestra Madre,  Madre de todos los redimidos, Madre de la Iglesia y de toda la humanidad.

Y cumplí con esta misión maternal estando al lado de todos mis hijos, como una verdadera Madre, en el transcurso terreno de la historia humana.

No he dejado a nadie solo ni abandonado; no he rechazado o alejado a nadie de Mí. Siempre he estado cerca de todos, como Madre amorosa y dolorosa.

He llevado en Mi Corazón los sufrimientos de toda la Iglesia”. (15 de Septiembre de 1990).

El Espíritu Santo y la Consagración al Corazón Inmaculado de Maria

“Suplico que esta Consagración, pedida por Mí con tan preocupada insistencia, se haga por los Obispos, por los Sacerdotes, por los religiosos y por los fieles. Y se haga por todos para abreviar el tiempo de la gran prueba que ya ha llegado.

El Espíritu Santo os hará comprender los tiempos que estáis viviendo.

El Espíritu Santo será luz en vuestro camino y os volverá testigos valientes del Evangelio en la hora tremenda de la gran apostasía.

El Espíritu Santo os hará entender cuanto Yo os haré manifiesto de lo que está contenido en el libro todavía sellado.

El Espíritu Santo dará su perfecto testimonio al Hijo, preparando los corazones y las almas a recibir a Jesús que retornará a vosotros en Gloria” (22 de Mayo de 1994).

Vivir la consagración significa pertenecer al Corazón Inmaculado de la misma manera que Ella pertenece a Dios, en orden de vivir con la Santísima Trinidad en la vida de la gracia y de la gloria. Esto es como la Madre nos describe el gozo de la Santísima Trinidad en el momento de su nacimiento: 

“Sobre mi cuna se inclina el Padre con inmenso amor de predilección en la contemplación de la obra maestra de Su Creación; el Verbo, que espera depositarse en mi seno virginal y materno; el Espíritu Santo, que ya se comunica a mi alma con plenitud de amor”. (8 de Septiembre de 1986).

La Inmaculada era amada por la Santísima Trinidad, en su plan de realizar nuestro  objetivo de la manera más simple y perfecta.

Maria vivía en la Santísima Trinidad: Hija del Padre, Madre del Hijo y Esposa del Espíritu Santo. Unida a Ella en nuestra Consagración, nosotros también vivimos nuestra relación con las Divinas Personas con Ella y como Ella:

“Si veneráis mi Corazón, estáis dando alabanza a la Santísima Trinidad, que en el recibe su mayor gloria, porque ha hecho de este mi celeste jardín, el lugar de su divina complacencia.

En él, el Padre se refleja con alegría, el Verbo se reclina como en una preciosa cuna; el Espíritu Santo arde con la purísima luz de su divino Amor”.(30 de Junio de 1984). 

Porque nuestra Madre nos guía hacia la Santísima Trinidad, nosotros le entregamos nuestra vida a su Corazón Inmaculado, que significa,  nuestro acto de consagración, que nos ata a la Madre de Jesús con el mismo vínculo que ata a nuestra Madre con Su Hijo.

Monfort dice en esta circunstancia:

“Los predestinados  aman tiernamente y honran a la Santísima Virgen como a su buena Madre y Señora. La aman no sólo con los labios, sino en verdad;  la honran,  no sólo exteriormente, sino en el fondo de su corazón; y evitan, todo lo que le pueda desagradar y practican con fervor todo lo que creen que puede granjearles su benevolencia”. (TD, 197).

Consecuentemente, en orden para ser válida, la consagración, no puede ser reducida sólo a una lectura de palabras, pero, en vez, consiste en un camino de vida cristiana y en un solemne compromiso de vivir bajo la especial protección de una Madre que nos consuela.

Hacia la Santísima Trinidad a través del Corazón Inmaculado

“Mi potente función de medianera entre vosotros y mi Hijo Jesús se ejerce, sobre todo, en obteneros, con sobreabundancia, del Padre y del Hijo, el Espíritu de Amor.

La Iglesia debe ser renovada y transformada por este fuego divino. Todo el mundo será renovado por este fuego de Amor.

Bajo su poderoso hálito de vida se abrirán finalmente los nuevos cielos y la nueva tierra.

En el Cenáculo de mi Corazón Inmaculado disponeos a recibir este Espíritu Divino.

El Padre os lo envía para asociaros íntimamente a Su Misma vida y para que resplandezca en vosotros, de manera cada vez más perfecta, la imagen del Hijo en el que ha puesto todas sus complacencias.

Jesús os lo comunica como el fruto más precioso de su misma redención, como Testigo de Su Persona y de su divina misión”. (7 de Junio de 1981).

Vamos a leer el testimonio de místicos que vivieron una profunda unión con la Santísima Trinidad precisamente a través de Maria.

La Bendita Elizabeth de la Trinidad escribió: “En la soledad de mi celda que yo la llamo “mi pequeño cielo”, porque es como las almas que viven en el cielo, yo uno mi alma a la Virgen Bendita, cuando el Padre la cubrió con su sombra, el Hijo se encarnó y el Espíritu Santo descendió para actuar el Gran Misterio.... vamos a aproximarnos a Ella, toda pura y toda luminosa,  así Ella puede guiarnos a Él, dentro de las profundidades de aquellos corazones que Ella entra tan profundamente..”. 

Y la sierva de Dios Sor Ángela Sorazu:  “Yo vine a conocer el Espíritu y las virtudes de la Santísima Trinidad, asimilándome a ellos en la forma que Nuestra Señora me ha enseñado. En la consagración al Dios Trinitario, en unión con la Santísima Virgen, yo recibí tanta luz y tantas gracias únicas, para que yo levantara mi alma a la contemplación de las Divinas Personas. La Santísima Trinidad se hizo Él Mismo Presente en mi alma en la compañía de Maria y me recosté en su pecho en unión con la Virgen Bendita”. 

La sierva de Dios Sor M. Bonaventura Fink: “Ya no soy yo quien existe; Yo he desaparecido en Maria, Maria en Jesús, Jesús en el Padre, todo en la Santísima Trinidad. Esta acción de gracia sucedió en Maria, por la acción del Espíritu Santo”.

 El Padre Eduardo Poppe: “Yo le pido a Ella el gran favor de comprender la verdadera devoción a la Trinidad y a Jesús en la devoción Mariana, que es la vida entera de nuestro espíritu. Pasando a través de Jesús, la influencia de nuestro Padre Celestial se vuelve humano; pasando a través de Maria la humana y divina influencia de Jesús se vuelve maternal. ¡Oh Madre, escóndeme en Ti! Oh Maria, Yo adoro la Santísima Trinidad en Ti, porque Tu eres la llena de gracia”.

El siervo de Dios el Hermano Leonardo: “Yo te amo tiernamente, oh mi Reina: No puedo pedir un favor más precioso porque en Ti yo encuentro a mi Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, quienes radiantes brillan sobre mi y el Amor me cautiva. “Los Tres están en Jesús”; Jesús vive en Maria. Todo lo que necesito es encontrar a Maria. Si, porque Maria es “Nuestra Señora de la Santísima Trinidad”, enteramente relacionada al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Una vez que estoy unido a Ti, yo estaré unido en cada momento con cada una de las Tres Divinas Personas”.

La Maternidad de Maria, en el Espíritu Santo,es una maternidad de amor

Mirad a mi Corazón Inmaculado y, dentro de vosotros, como manantial que surge a borbotones, manará un espíritu de alegría y consolación.

¿Por qué dudáis? ¿Por qué estáis tristes? Yo estoy junto a vosotros en todo momento; no os dejo nunca. Soy Madre y me siento atraída junto a vosotros por el peso de las grandes dificultades que hoy vivís.

De mi Corazón parte un rayo de luz: Es la luz de vuestra Madre, Virgen fiel...”. (4 de Julio de 1986).

Su amor por nosotros, tierno y fuerte, gentil y misericordioso, hace de nosotros, pecadores, “nuevas copias de Jesús”, haciéndonos parecidos a Su Hijo, que por el Honor, la gloria y la consolación del Padre, que mirándonos a nosotros, pueda ver en nosotros la imagen de Su Hijo Amado y su Santa Madre.

“¡Que inmenso es mi amor de Madre! Abraza a todos y a cada uno en particular, sigue a cada uno su camino, participa en las dificultades, comparte vuestros sufrimientos, os ayuda en vuestras necesidades, os socorre en los peligros, vigila en los momentos decisivos, no abandona ni olvida jamás a ninguno. Penetrad en el secreto de mi amor materno, y seréis siempre consolados”.(2 de Febrero de 1984).

“El haberse consagrado a Mi, es el medio que les permitirá entrar cada vez más en la intimidad de mi Corazón Inmaculado, y les hará sentir una dulzura que sólo la Madre puede hacer gustar a sus propios hijos”. (23 de Septiembre de 1973).

Montfort escribió:

“Maria es la Reina del Cielo y de la tierra por la gracia, como Jesús es Rey por naturaleza y por conquista; pues como el Reino de Jesucristo consiste principalmente en el corazón y en el interior del hombre, según estas palabras: “El Reino de Dios está dentro de vosotros”. (Luc. 17,21), del mismo modo el reino de la Santísima Virgen está principalmente en el interior del hombre, es decir, en las almas y en las almas es en donde principalmente está más glorificada con su Hijo que en todas las criaturas visibles, y podemos llamarla con los Santos, Reina de los corazones”. (TD, 38).

“Caminad en la alegría y el consuelo de sentiros amados y conducidos por Mí para que seáis más puros, más buenos, más caritativos, más santos, más bellos.

De este monte vuestras almas deben retornar más luminosas, renovadas por la gracia de Jesús, mientras el Padre se inclina sobre ellas con amor de predilección y mi esposo Divino, El Espíritu Santo , las transforma en perfecta imitación de mi Hijo.

Habéis venido aquí arriba y Yo he visto, uno por uno, vuestros corazones: están consumidos por tanta aridez, cerrados en sí mismos y endurecidos por las pruebas que estáis viviendo.

Entonces como Madre, me he acercado a cada uno de vosotros, he tomado vuestro corazón en mis manos, lo he puesto en el horno ardiente de mi Corazón de Madre y lo he introducido en la profundidad del Corazón Divino de mi Hijo Jesús.

Mirad a este Corazón:¡ha sido traspasado por vosotros!

Entrad en la herida del Corazón de Jesús y dejaos transformar cada día por el fuego ardiente de su divina caridad, porque el Amor debe ser amado y todo don demanda una respuesta...”. ( 4 de Julio de 1986).

Un autor escribió: “El más hermoso don que Jesús puede dar a un alma es su Madre.

La gracia más grande  que Jesús puede dispensar a un alma es hacer que nuestra Madre los conozca y los haga comprender que Ella es su Madre,  su verdadera Madre. Es una gracia especial, una gracia tan grande que es obtenida por la oración y por una especial devoción al Espíritu Santo... Por eso yo puedo decir también acerca de mi mismo:

“Lo que ha nacido de Maria es la labor del Espíritu Santo”. El amor que recibí de Maria y que me ha hecho su hijo, es consagrado y de alguna manera divinizado por el Paráclito. ¡Tal es la importancia del don de mi Madre Celeste!”. (Ragazzini).

P. Francis Geremia C.S.

M.S.M.

Collevalenza – Santuario dell´ Amore Misericordioso Año 2011