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Mi hora ha llegado

Michele Gaughran – 2007

¿Qué queda por decir del Cenáculo? Es la urgencia del trabajo que nos ha sido confiado a nosotros:

“Tengo prisa, hijos predilectos, porque ha llegado la hora. Tengo prisa porque la batalla, que ya ha comenzado, está a punto de llegar a su momento decisivo”.(24 de Agosto de 1977)

Nuestra Madre, dos veces en los mensajes, describe los tiempos presentes como de “emergencia” (1 de Diciembre de 1973; y 31 de Diciembre de 1980) Debemos responder a esta llamada, ¿pero como? Hay tanta indiferencia, tanto rechazo de nuestros esfuerzos. ¿Qué podemos hacer?

Vivimos en una época de eficiencia; podemos ofrecer a nuestra Madre los frutos de nuestra humana eficacia en la administración de Su Trabajo. ¡Pero, un momento! Ella es definitivamente más eficiente que nosotros – en Su Manera – y es diferente de nosotros. En efecto, era  el primer aviso que recibí de mi predecesor cuando yo tomé el cargo de ser responsable de Inglaterra. Él dijo:  “Había sido posible de enviar a cada presbítero el libro en toda Inglaterra, en orden de difundir el Movimiento rápidamente. Pero comprendimos que éste no era el camino. Ellos no lo hubieran leído, ¡pero lo habrían puesto en un estante! Bien, podíamos haber hecho publicidad, sugestión de la manera  humana de pensar... pero, ¡nuestra Madre no quiere publicidad! ¡Así que esto me dio la verdadera medida de nuestra eficiencia antes de empezar!

El Padre Gobbi parece que tuvo , el mismo problema:

“Debes estar siempre atento, hijo, para permanecer en mi Corazón Inmaculado y no dejarte sorprender ni descorazonar por las cosas, sobre cuando éstas no dependen de tu voluntad.

Tu tienes prisa: querrías que mi Movimiento se propagase más rápidamente, que el Opúsculo no encontrase tantas dificultades para imprimirse.

¡Cuánto de humano hay en este deseo tuyo! Es preciso que Yo maternalmente te purifique, si quieres que te conduzca a aquella perfección que agrada a mi Corazón. 

Fíate sólo de Mí, no de los medios humanos; entrégate sólo a Mí. Hay una cosa que debes hacer siempre y que es la única que en cada momento quiero de ti, y que tanto sirve para mí Movimiento: tu oración, tu sufrimiento, tu confianza en Mí.

Yo te pido esto: déjate, en cambio, despojar de toda otra preocupación.

Éste no es uno de tantos movimientos, sino que es mi Movimiento, hijo. Déjame, pues obrar a Mí. Así deberán proceder todos mis sacerdotes”. (10 de Febrero de 1974)

La Prisa de la Madre

La  Madre tiene prisa con este trabajo Suyo, porque la Iglesia lo necesita muy  urgentemente. Hay gente que todavía ve el Movimiento Sacerdotal Mariano como otra devoción de nuestra Señora, o una ayuda a la evolución de los miembros de Ella. 

Lo que todos nosotros debemos reconocer que es, en efecto, dirigido a las necesidades de la Iglesia y que cada cenáculo, aún el más pequeño, es parte de la reconstrucción de nuestra madre que está llevando a cabo en la Iglesia entera y no de la santificación de sus miembros. Cada persona que se consagra al Corazón Inmaculado de Maria y toma parte en los cenáculos es de inmensa importancia.

El ataque diabólico en contra de la Iglesia, que ha llevado a cabo, y todavía está furioso, es probablemente el más grande, que jamás ha tenido lugar, y en ello nosotros somos impotentes ante el ataque furioso del enemigo. 

Sólo la Madre, con la gracia dada por Dios a Ella, puede ayudarnos, pero primero debemos comprender esto profundamente y depender de Ella profundamente, y no en nosotros mismos:

“Pero el adheriros depende sólo de corresponder a una gracia especial que yo concedo a cada uno. Y ésta la puedes obtener con tu oración, hijo, con tu amor, con tu sufrir, hasta con tu impotencia de actuar”.  (24 de Junio de 1974)

Aunque con nuestra “impotencia de actuar”, si es una súplica ofrecida a Su amor de Madre, es un ofrecimiento de valor a Sus ojos.

Nosotros necesitamos de nuestra Madre y de Su fuerza. Ella ha puesto muchas veces el énfasis que nuestra parte es rezar, ofrecer nuestro sufrimiento y, sobre todo, confiar.

Si nosotros hacemos esto, viviendo la consagración a Su Corazón Inmaculado, podemos estar seguros de Su vivencia y de actuar en nosotros con Su Poder: 

“Yo quiero vivir en ti y actuar a través tuyo”.  (27 de Junio de 1996)

Pero nosotros debemos confiar. Es solamente cuando dependemos de Ella totalmente, y reconocemos esta dependencia, que Ella vendrá de la manera máxima posible para ayudarnos: 

“Lo que más enternece a mi Corazón es cuando los siento llorar como niños. ¿Puede la Madre no conmoverse frente a su hijo que llora?

Así es: cuando todo se hunda quedará sólo la fuerza de su llanto, que me obligará a intervenir de manera prodigiosa y terrible. Y mi triunfo comenzará con éstos mis hijos predilectos, con mis sacerdotes”.   (23 de Febrero de 1974)

Nosotros lo hemos dicho antes: Su Trabajo es totalmente maternal. ¡Que preciosa es nuestra pequeñez!

Nuestra Madre no se retrasa. Tenemos un ejemplo de Su prisa en venir a ayudarnos en los cenáculos. En 1980, Ella describe Su Plan:

“Ahora os pido más oración. Multiplicad vuestros cenáculos de oración. Multiplicad vuestros Rosarios, bien recitados y unidos a Mí. Ofrecedme también vuestro sufrimiento y vuestra penitencia.

Os pido oración y penitencia para la conversión de los pecadores, para que mis hijos más rebeldes y alejados puedan también retornar a Dios, que los aguarda con el ansia misericordiosa de un Padre. Así todos unidos, formaremos una gran red de amor, que envolverá y salvará a todo el mundo”. (22 de Enero de 1980)

¡Y lo más maravilloso de todo esto es que Ella lo ha hecho en menos de treinta años! En todo el mundo, aún en lugares que estaban ocupados por las fuerzas del ateísmo, Ella ha inspirado a almas a comprometerse ellas mismas, algunas veces con gran generosidad y riesgos personales, a establecer éstos centros. 

Un día, en el tiempo ordenado para Su Triunfo, Ella nos permitirá ver el inmenso trabajo que ha hecho.

El regalo del Corazón Inmaculado 

En el “renacimiento” de la Iglesia, que tiene sus raíces en el Cenáculo, como hemos visto antes, la llave del Trabajo de nuestra Madre es la renovación de los corazones. Ella lo llevará a cabo transformando los corazones de Sus hijos, empezando con un núcleo de aquellos que se entregaron a Ella en la consagración a Su Corazón Inmaculado.

Aquellas palabras importantes en el mensaje del 27 de Noviembre de 1973 describe Su plan perfectamente: “Yo quiero darles a ellos Mi Corazón”. Ella Misma desea ser la amorosa, el Corazón fiel de la renovada Iglesia. De este modo se formó el Cenáculo, la casa de la Iglesia así que nosotros podemos decir que, consagrándonos al Corazón Inmaculado y posesionándonos de aquel Corazón Suyo, nosotros estamos consagrándonos a ser, en Ella, el nuevo Corazón de la Nueva Iglesia.

Es un regalo que nos es dado a cada uno individualmente, así como envuelve un total compromiso, pero de estos hijos Suyos juntos nuestra Madre puede decir:

“Sed ahora el corazón nuevo de la nueva Iglesia” (27 de Junio de 1996) “Yo quiero vivir en vosotros y actuar por medio vuestro”(El Mismo M.) “Sed en la Iglesia mi misma presencia materna y misericordiosa”.(El Mismo M.)

Es imposible exagerar la extraordinaria y vasta envergadura del regalo que nuestra Madre describe aquí. En cada uno de nosotros, está la presencia de Maria Misma aún reteniendo nuestra propia fragilidad humana.

Ella Misma se rebaja a entrar dentro de nuestras pobres vidas y hacer de ellas su propia, de actuar en nosotros, orar en nosotros, y de ayuda en nosotros. El Cenáculo, como hemos visto en otra meditación, es el semillero en que Su Espíritu es cultivado en nosotros, en una nueva santidad. Aquella santidad es necesaria para la Iglesia, y aquí otra vez es la explicación de Su “Prisa”.

Misericordia

Formándonos en el Cenáculo que une nuestro corazón al Suyo, una de las principales preocupaciones de nuestra Madre para los cenáculos y la consagración es la misericordia, que recubre las almas que están alejadas.

En la ola de pecado que tiene envuelto el mundo, en que aún la necesidad del arrepentimiento está ahogando la conciencia de muchos de los hombres, como el pecado está justificado, el peligro del infierno se abre a un vasto número de almas. Nuestra Madre ha hablado de esto a los niños de Fátima (Muchos de mis hijos están en el camino del infierno. ¿Vosotros me ayudaríais a salvarlos?) Ella lo ha repetido en Su Movimiento Sacerdotal Mariano, y en este camino Ella habla de la gran angustia que puede poseer el corazón de una Madre: de la perspectiva de perder algunos de Sus hijos.  Puede llevar un tiempo en recobrar a estos hijos, sin embargo, es algo que no puede satisfacerla, aún Su exaltada posición ante Dios. La Iglesia debe hacer su parte.   

Esto es unos de los grandes motivos de Nuestra Madre para formar Su Movimiento Sacerdotal Mariano. Ellos están formados, en parte, de ser una vida movida a la misericordia. Debemos  de prestar atención otra vez al mensaje del 16 de Octubre de 1973, si nosotros queremos comprender la prisa en el Corazón de Nuestra Madre de realizar Su propósito:

“El Mío es un corazón de Madre, un corazón verdadero, vivo, de Madre verdadera y viva para todos sus hijos”.

“Los hombres redimidos por mi Hijo, son todos también hijos míos: lo son en el sentido más verdadero de la palabra. También los alejados, también los pecadores, los ateos, los que rechazan a Dios, los que lo combaten y lo odian: son todos hijos míos.

Y soy su Madre. Para muchos de ellos, soy la única Madre que tienen, la única persona que se cuida de ellos, que verdaderamente los ama.

Y por eso mi Corazón está continuamente consumido por el dolor y por un gran amor por estos hijos míos. Los quiero salvar, los quiero ayudar, porque soy su Madre.

Por esto sufro por ellos, sufro sus pecados, sufro por su lejanía de Dios, sufro porque cometen el mal, sufro por todo el mal que se hacen. Pero, ¿cómo ayudarles? ¿cómo salvarlos?

Tengo necesidad de mucha oración, necesito de muchos sufrimientos. Sólo con la oración y el sufrimiento de otros hijos buenos y generosos podré salvar a estos hijos míos.

He aquí el Movimiento de mis Sacerdotes: Yo lo quiero para reparar el daño inmenso causado por tantas almas por el ateísmo, para restauraren tantos corazones degradados, la imagen de Dios, el rostro misericordioso de mi Hijo Jesús.

Mis sacerdotes son mis restauradores: ellos reconstruirán en muchas almas el rostro de Dios y así llevaran a muchos hijos  míos de la muerte a la vida.

Serán así los verdaderos consoladores de mi Corazón Dolorido”. (16 de Octubre de 1973).

Es un mensaje lleno de urgencia, en que el Papa Juan Pablo II se había hecho eco en su encíclica “Dives en Misericordia”:

“Cuánto más la conciencia humana sucumbe a la secularización, pierde el verdadero significado de la palabra “misericordia”, aleja de Dios y lo distancia del misterio de la misericordia, más la Iglesia tiene el derecho y el deber de suplicar al Dios de la Misericordia “con gritos de llanto”. Estos “gritos de llanto” puede ser la marca de la Iglesia de nuestros tiempos...”.(15). 

La “marca de nuestros tiempos” es una expresión del Santo Padre que parece decir que implorando la misericordia es la mayor prioridad de nuestra Iglesia.

Si es la mayor prioridad de nuestra Iglesia, es igual para nuestro Movimiento, porque nosotros estamos hablando de la razón de la venida del Señor sobre la tierra y el derramamiento de Su Preciosa Sangre. Pero las necesidades de la Iglesia son grandes, en algunos años pasados, muchos escándalos han aparecido en el rango de aquellos que son guías en la vida. Podemos pensar de la conquista de prestigio y posición, una cierta búsqueda de confort personal, posesiones y divisiones que son la raíz de una infidelidad al Santo Padre y a la Jerarquía. Luego ha habido serios escándalos en la esfera de lo moral, en el abuso de niños y de prácticas homosexuales, esto es claramente contrario a la enseñanza de la Iglesia. Todo esto resulta una falta de confianza en el Sacerdocio, que debería ser un bastión para todo en lo que se pueda confiar. Así mucha cicatrización es necesaria.

No nos sorprendamos que nuestra Madre tenga prisa por este espíritu poderoso de entrar dentro de la Iglesia. Esto sucede cuando permitimos de ser esta la forma del alma de cada uno de nosotros. 

En todo esto, nuestra Madre nos ha dado muchas señales para despertar a sus hijos a éstas realidades, y a la terrible situación que hemos llegado. Debemos reflexionar: que debe haber inducido a la Madre de Dios a manifestar Su sufrimiento en este mundo tan frecuentemente como, por ejemplo, ¿de derramar lágrimas de sangre de los ojos de las imágenes de mármol o piedra?

Yo recuerdo una Superiora Carmelita en Sicilia, que me dio una valiosa reliquia:  un pequeño pañuelo que secó las lágrimas en la milagrosa imagen de Siracusa, que había derramado lágrimas. Ella me dijo: “Parece que nuestra Madre no tiene más palabras para nosotros, sólo lágrimas”. 

“Las lágrimas de una madre logran conmover hasta los corazones más duros. Ahora mis lágrimas, incluso de sangre, dejan completamente indiferentes a tantos hijos míos”.

(30 de Octubre de 1975). 

Es claro, que era antes que los mensajes a don Stéfano Gobbi comenzaran, y nuestra Madre nos mostró que Ella todavía tiene muchas más palabras para nosotros.

Sin embargo, a pesar de todo, el especial Movimiento de nuestra Madre de hijos consagrados debemos ser sensitivos a estas señales y ser generosos en nuestra oración y en el ofrecimiento de nuestros sufrimientos.    

Mientras que es verdad que las lágrimas de nuestra Madre son poderosas ante Dios en obtener gracias de misericordia, a pesar de todo, es que a Ella no le está permitido hacer todo sola. ¡Las lágrimas de la Madre deben estar acompañadas por las lágrimas de Sus Hijos!

Nosotros escuchamos todo esto como pastores, y es nuestro deber de hacer comprender esto a nuestra gente. A pesar de todo, es triste, que la mayor fuerza de oración en nuestro Movimiento viene de los fieles, pero nosotros tenemos el deber de guiarlos.

Nuestra gente laica tiene el derecho de ser alimentado con carne fuerte por sus pastores en sus cenáculos.

Es una sagrada confianza que nuestra Madre nos da en Su Movimiento Sacerdotal Mariano, de ser sus instrumentos en buscar la misericordia para un mundo que el corazón, como dijo Juan Pablo II “ha crecido frío y está muriendo”. Es una seria y dolorosa confianza, envolviendo mucho sufrimiento:

“Ofrézcanme, estos hijos míos, todos sus sufrimientos, todas sus incomprensiones, todas sus dificultades. Es el regalo más grande que pueden hacerme, porque así me permiten realizar en el tiempo -¡en este vuestro tiempo! –mi misión de Madre y Corredentora. Salvaré a muchas almas redimidas por Jesús, y ahora tan lejanas, porque mis hijos, Conmigo, satisfarán por ellas”. (1 de Abril de 1974)

Cuando hablamos de Misericordia, hablamos inmediatamente de la necesidad de la consagración en el sufrimiento, y tomamos especial nota de las palabras que hemos leído, donde nuestra Madre dice que ofreciéndole a Ella todos nuestros sufrimientos es “el mayor regalo que  le podemos hacer”. Esto es tan importante. ¿Porque? Porque está en el centro del corazón de Su Trabajo. Para nuestra Madre, la Cruz de Jesús es el centro de todas las cosas, y por tanto debe ser así para todos Sus hijos consagrados. 

Así como está levantando un vasto cuerpo de oración que circunde el mundo en la red del amor, Ella cuenta también con un vasto número de almas de vidas llenas de sufrimiento, que serán ofrecidas a través de Su Corazón Inmaculado en reparación.

Probablemente muchos de nosotros, en nuestros contactos con nuestro Movimiento, hemos notado que los sufrimientos están incrementándose en estos tiempos; la tentación del enemigo a pecar es muy grande, pero la respuesta del Cielo para reparar es mayor.

Debemos recordar que, como fuimos bautizados en Jesús, fuimos bautizados en orden de ser inmolados con Él de acuerdo a la voluntad del Padre Eterno; cuando nos hicimos sacerdotes, estábamos llamados a ser sacerdotes y víctimas con y en Él.

También notamos que nuestra Madre nos suplica que le ofrezcamos “sufrimientos, incomprensiones y dificultades”. 

Nada es demasiado pequeño e insignificante valor para la salvación de las almas; como nosotros recordamos, Santa Teresa dijo: “Haz algo pequeño por amor a Dios,  y  salvarás un alma” .

Debemos ser pequeños nosotros mismos y seremos capaces de apreciar el valor de ofrecer pequeñas cosas. Es la medida de la importancia apegada a la Cruz en nuestras vidas que Dios concede grandes frutos a algunos pequeños sufrimientos que a veces parecen desproporcionados.

Nuestra Madre une estos ofrecimientos a Ella de nuestros sufrimientos llevando Su Trabajo como Corredentora. Con Ella, estamos consagrados a este trabajo de  redención con nuestros sufrimientos, que se vuelve una insignia en las manos de Juan Pablo II, por eso, sus enseñanzas y su legado a la Iglesia, deben ser tomadas muy seriamente.

Hay un arma en las manos de muchos de nosotros sacerdotes que cuando vamos viniendo mayores,  ¡que sufrimiento! Toma muchas formas, pero nuestra Madre busca de darnos coraje:

“Ofrecedme también vuestros sufrimientos: Los interiores, que tanto os humillan porque provienen de la experiencia de vuestras limitaciones, de vuestros defectos, de vuestros innumerables apegos.(Es verdad;  podemos sufrir de nuestra pobreza, que a veces puede aparecer como sin pecado) Cuando más pequeños e ignorados son los sufrimientos que me ofrecéis, tanto mayor es el gozo que experimenta mi Corazón Inmaculado.

Los sufrimientos exteriores que con frecuencia os procura mi Adversario, mientras se desencadena con rabia y furor, principalmente contra vosotros, porque prevé que vais a ser mis instrumentos para su derrota definitiva...

Responded solamente así: ofreciéndome el dolor que experimentáis y teniendo confianza, confianza, confianza en vuestra Madre Celeste”. (11 de Febrero de 1978)

San Juan el Bautista

Vamos a hacer ahora una pequeña reflexión aquí, del encuentro de nuestro Señor con San Juan el Bautista en el Jordán.

San Juan vino a despertar a la gente de la presencia del pecado en medio de ellos y el arrepentimiento. Los Sacerdotes consagrados al Corazón Inmaculado de Maria tienen algo en común del mismo papel en la Iglesia hoy, en que frecuentemente ya no se habla del pecado, donde los pastores no hacen su deber de llamar a la gente al arrepentimiento. Predicando y no quedarse callados es lo fundamental, la verdad que es necesaria, con un llamado al arrepentimiento:  

“ ¡No pequéis más! No ofendáis más a mi Hijo que ya es demasiado ofendido. Retornad a Dios por medio de vuestra conversión, por el camino de la oración y la penitencia.

Por desgracia, mi mensaje no ha sido escuchado. La humanidad ha continuado recorriendo el camino de la rebelión a Dios, del rechazo obstinado de su ley de amor. 

Se ha llegado hasta la negación del pecado, a justificar incluso los más graves desórdenes morales en nombre de una libertad falsamente entendida.

Así Satanás, mi Adversario, ha conseguido haceros caer en su seducción.

Muchos han perdido la conciencia del pecado, por esto lo cometen y lo justifican más cada día. Casi ha desaparecido el sentido del arrepentimiento, que es el primer paso que hay que dar para ponerse en el camino de la conversión. (13 de Octubre de 1980)

¡Debemos tener cuidado de no caer, involuntariamente, a través de nuestro silencio, de ser cómplices de Satanás!

“A causa de la prevaricación de tantos sacerdotes, muchos hijos míos hoy sufren una verdadera penuria espiritual de la palabra de Dios

Las verdades más importantes para vuestra vida hoy ya no se anuncian: el Paraíso que os espera: la Cruz de Mi Hijo que os salva; el pecado que hiere el Corazón de Jesús y   el Mío: el infierno en que cada día caen innumerables almas: la urgente necesidad de la oración y la penitencia.

Cuanto más se propaga el pecado como una pestilencia y lleva a la muerte de las almas, tanto menos se habla de él. Hoy también algunos sacerdotes lo niegan.

Es misión mía materna dar el alimento a las almas de mis hijos: si se apaga la voz de los Ministros, cada vez más se abrirá el Corazón de la Madre”. (30 de Octubre de 1975)

Si nosotros estamos llamados a seguir a Juan el Bautista en el Jordán, estamos más llamados a seguir a Jesús allí en Su Gran humildad. Ciertamente, Él juzgó el pecado, pero era sólo misericordioso con los pecadores. Nuestra situación referente a la consagración al Corazón Inmaculado de Maria es, en un sentido, análogo a aquél de Jesús buscando el bautismo de las manos de Juan.  Cordero Inocente, Él estaba llevando en Sí Mismo los pecados del mundo, ofreciendo Su Vida como víctima por ellos. 

De la misma manera, en nuestra consagración, nos ofrecemos nosotros mismos a ser parte del designio de nuestra Madre para la recuperación de las almas, que otros deben vivir a través de nuestro regalo. 

No es parte de nuestra labor juzgar o condenar aquellos que vemos que son responsables por los errores que ocurren alrededor de nosotros. Este no es el camino de Jesús. Para Él y para Su Madre, la respuesta a la emergencia del pecado es ofrecerse ellos mismos en reparación por la salvación de los pecadores. Debemos escuchar otra vez a nuestra Madre:

“Vivís momentos de emergencia. Por esto os llamo a todos a una más intensa oración, y a vivir con mayor confianza en el amor misericordioso de vuestro Padre Celeste.

Está a punto de abrirse la puerta de oro de su divino Corazón y Jesús va a derramar sobre el mundo los torrentes de su misericordia. Son ríos de fuego y de gracia que transformarán y renovarán todo el mundo.

Sobre olas de sufrimientos, hasta ahora jamás conocidos, y de prodigios nunca antes realizados, llegaréis al puerto seguro de los nuevos cielos y de una nueva Tierra. Una era de gracia, de amor y de paz va a nacer ya, de los dolorosos días que estáis viviendo...

Sea vuestra oración una potente fuerza de intercesión y de reparación. Sea un grito extraordinario, como nunca hasta ahora se haya oído, tan fuerte que penetre el Cielo y fuerce al Corazón de Jesús a derramar la plenitud de su amor misericordioso.

Por eso, vigilad y orad Conmigo. Mi hora y la vuestra ha llegado ya. Es la hora de la Justicia y de la Misericordia”.  (31 de Diciembre de 1980)

Y así Ella nos une en Su Corazón Inmaculado, alrededor de Su Hijo en la Eucaristía, pequeñas víctimas de misericordia, en el Cenáculo de Su Corazón Inmaculado.

A través de esta unión, Ella derrama grandes gracias como la Esposa del Espíritu Santo, para la santificación de aquellos que están consagrados a Ella y por el bien de las almas que necesitan y de la Iglesia. Este es un trabajo de profunda importancia, porque los tiempos son cortos y la necesidad es muy grande. El Movimiento Sacerdotal Mariano no tiene trabajos externos, otros que los Cenáculos pero, a través de grandes ofrecimientos de oración y sufrimientos consagrados. 

Esto trae insospechados frutos, muchos ocultos, en el trabajo externo de la Iglesia. Es deber de cada uno ser sensible a la necesidad y de vivir su consagración lo más profunda posible. 

“Por medio de mis Sacerdotes, un número ilimitado de laicos volverá a consagrarse a mí Corazón, a entregarse completamente a Mí. Con sencillez, sin organizaciones: entréguense a Mí como el niño se da todo a la propia Madre.

Hijos míos, ya ha comenzado la batalla y sólo os pido responder a mí suprema llamada. Sed sólo Sacerdotes míos; sed sólo Sacerdotes de oración. No perdáis más tiempo, que para vosotros es muy precioso el tiempo que os queda.

Rezad siempre y bien el Santo Rosario. Vivid y propagad el Evangelio de mí Hijo Jesús. Orad, ayudad y defended al Vicario de Cristo: el Papa.

Sed pobres, sed pequeños, sed humildes; sed sólo mis pequeños hijos que forman esta corona de amor alrededor de mí Corazón Inmaculado y Dolorido.

Hoy –uno a uno – os bendigo, os abrazo y os encierro en este Corazón Mío.

Más ni siquiera por un instante debéis sentiros solos y sin Mí.

Hijos Consagrados a mí Corazón Inmaculado, soy vuestra Madre, que hoy os hace el don de su habitual presencia al lado de cada uno de vosotros”. (7 de Junio de 1975).